La visión que desplaza el temor
Cuando Josué estaba ya cerca de Jericó, levantó los ojos y miró, y he aquí, había un hombre de pie frente a él con una espada desenvainada en la mano. Y Josué fue hacia él y le dijo: «¿Eres de los nuestros o de nuestros enemigos?». Y él respondió: «No; más bien vengo ahora como capitán del ejército del Señor». Y Josué se postró sobre su rostro en tierra, y le adoró. — Josué 5:13–14
¿Alguna vez te has puesto nervioso porque se acercaba un acontecimiento importante? Podría ser un gran partido, un examen final, una primera cita o una entrevista de trabajo. Pero ¿y si tu vida —y la vida de miles de personas— estuviera en juego?
En Josué 5:13 encontramos a Josué cerca de la ciudad de Jericó. Está a punto de guiar a los israelitas a la batalla contra sus habitantes. Me pregunto si estaba nervioso. Israel había vagado por el desierto durante cuarenta años debido a su rebelión contra Dios, y ahora por fin estaba a punto de entrar en la Tierra Prometida y tomar posesión de ella. Josué era el líder de esa nueva generación, preparándose para atacar la primera ciudad: Jericó.
Quizá se preguntaba si tendrían éxito o serían derrotados. La ciudad estaba fuertemente fortificada detrás de enormes murallas. No era un objetivo fácil. La vida de miles de hombres —y la de sus familias— descansaba sobre sus hombros. Debió de ser un momento angustioso.
Me lo imagino caminando, profundamente concentrado, con la cabeza inclinada y la mente llena de innumerables preocupaciones. Entonces levanta los ojos y mira. Hay un hombre de pie frente a él con una espada desenvainada en la mano.
Josué pregunta: «¿Eres de los nuestros o de nuestros enemigos?».
El hombre responde: «No; más bien vengo como capitán del ejército del Señor».
¿Qué? ¿Qué clase de respuesta es esa? ¿El capitán del ejército del Señor? ¿De qué ejército?
Entonces Josué lo comprende.
Está de pie delante del Comandante en Jefe del ejército más poderoso del universo.
Inmediatamente, Josué cae rostro en tierra y adora. Se le dice que se quite las sandalias, porque el lugar donde está es santo.
¿Puedes imaginarlo?
Esta figura misteriosa es una especie de teofanía, una manifestación visible de Dios mismo. Su espada desenvainada comunica poder, autoridad y juicio. Josué comprende al instante que no está delante de un ser ordinario. Ya no piensa en mantenerse como un igual ni siquiera en sostenerle la mirada. Se humilla y cae rostro en tierra delante del Comandante.
Entonces llega la orden de quitarse las sandalias.
Pocos momentos antes, Josué estaba de pie sobre un suelo común. Pero ahora el Dios omnipotente ha manifestado allí su presencia, y el suelo mismo se ha vuelto santo. Ha sido apartado por la presencia de Dios. En un lugar así no caben sandalias contaminadas.
En ese momento, cualquier ansiedad, duda o angustia que Josué pudiera haber sentido ante la batalla que se aproximaba contra Jericó se disipa por completo. Todo es reemplazado por un sentido abrumador de reverencia, temor, sumisión y adoración ante el invencible Capitán del ejército del Señor.
Sus preguntas dan paso a una confianza pacífica. No está solo. La victoria es segura, no porque Israel tenga un ejército poderoso, sino porque el ejército del Señor y su Capitán están con ellos. Josué está listo para la batalla, y pronto Jericó caerá.
Si estás abrumado por el temor, la incertidumbre o la duda, corre al Capitán del ejército del Señor. Una nueva visión de su majestad tiene una manera extraordinaria de hacer pequeño nuestro mayor sufrimiento.